Enero, 3 de 1984
Hace bastante tiempo, cuando solo tenia trece años de edad, recuerdo un día haberme despertado en el afán de disfrutar la vida como plena flor que ha florecido en primavera. Mi vida apenas empezaba. Me sentía la mas hermosa chica, y eso se debía a los múltiples halagos que de tanto hombres como mujeres yo recibía.
Ese día era el cumpleaños de una buena amiga. Quince primaveras cumplía, y como a toda dama que ingresa a la sociedad, sus padres le organizaron una reunión formal con sus mas allegados amigos a la cual yo estaba invitada.
Yo siempre quería lucir bien en toda ocasión; por ello, ese día salí a la ciudad con mi madre y mi hermana buscando un traje que me hiciera deslumbrar, que incluso apocara a la quinciañera -que puedo decir, era tan vanidosa-, pero no contaba con que mi madre no me permitiría comprar un atuendo que hiciera que lograra mi cometido; yo solo era una niña con ganas de crecer y ella lo sabia muy bien, así que me compro un vestido y unas zapatillas muy hermosas, pero también muy recadas. Me sentía tan frustrada, porque quería mostrar la figura de mujer que ya yo a esa edad poseía, y mi madre no me lo permitía.
Aquel día me acicale bastante temprano, para dar lugar a la estilista Yudy para que me peinara. En ultimo momento mi madre se sintió mal, creo que la comida que consumió en la ciudad no le cayo muy bien. Mi hermana y yo estábamos listas, y partimos solas a la reunión de la querida Mairen.
Estábamos ya en el gran salón donde se festejaba el cumpleaños. El ambiente se veía tan lindo y romántico. Salude a todas nuestras amistades y posteriormente me senté en una mesa donde me acompañaba mi hermana y Mr. Wilson, un hombre que siempre tenia intenciones extrañas conmigo. Su mirada no me agradaba para nada.
Sonaba la música, las parejas ya se animaban a bailar y sin dudar un joven llamado Chelsy, bien conocido por la familia, me saco a bailar. Entre tanta danza y algarabía se hicieron las ocho de la noche. Pronto venia Fransua por nosotras. Los chicos me despedían diciéndome que era una tonta aburrida, pues querían que mi participación en la fiesta continuara.
Mi hermana se devolvió a buscarme, ya que me había retrasado y por mi llevaban rato esperando. Ella se adelanto, y yo después de unos minutos me dirigía a salir del salón cuando... vi a Alexander.
Alexander, el que hoy es el dueño de mi pensamiento, a él lo vi aquel día. Estaba tomado de la mano con una chica rubia de ojos oscuros. Se veía tan distraído por los encantos de aquella chica, que ni se dio cuenta que por su lado alguien pasaba. Por unos instantes lo mire hasta que el se dio cuenta y me vio directo a los ojos; yo volví el rostro y seguí caminando.
En todo el camino de regreso a casa, pensaba en él, en quien era, donde vivía, cuando lo volvería a ver. Era extraña la forma en que se sentía mi estomago. Sin embargo, a pocas horas de estar en mi hogar colocándome la pijama para dormir, ya mi mente tenia otra distracción que me hizo olvidar del tema.
Pero ese día, yo conocí al amor de mi vida.